Ejercicio 2 del libro “642 cosas sobre las que escribir”

Llevo mucho sin escribir, muchísimo, cada vez más.
Durante años escribir fue mi oxígeno. No solo mi vía de escape y desahogo, también era un modo de vida. Experimentaba historias, las vivía con intriga, ni siquiera yo sabía qué iba a pasar a mis personajes. Pero entonces llegaron los problemas de confianza, ansiedad, depresión, vacío… No tener nada concreto que transmitir, no tener ideas concretas y, al mismo tiempo, un bullicio en mi cabeza del cual no podía filtrar nada para dejarlo salir.
No me gustaba lo que hacía y lo fui dejando porque solo me servía para decepcionarme a mí misma. Pero no quiero perder aquello, quiero luchar contra este miedo y volver a recuperar aquella sensación. Pero va a ser difícil, no prometo no volver a rendirme.
Sé que para ello voy a volver a decepcionarme muchas veces, porque he perdido práctica y confianza y el bloqueo es continuo.

Por todo esto voy a empezar por hacer estos ejercicios, me llamen o no y hacerlos por orden para practicar cualquier tipo de contenido en vez de elegir los que me llamen más. Eso me ayudará a volver a adquirir algo de experiencia y, a la larga, confianza.

O eso espero.

El peor plato de navidad que hayas probado jamás.

Cuando eres pequeño no tienes control; si algo te gusta, lo coges. En lo que a comida se refiere, si eres un niño delgado esto no es un problema, al revés, es graciosísimo, así que tus primos son graciosos y adorables. Pero tú no. Porque tú tienes algo de sobrepeso.
Mientras a tus primos les ríen las gracias “Ay, que mono, si es que come de todo, come muchísimo. Y míralo, no engorda” a ti te dicen, con una palmada en la mano “Deja el jamón, chiquilla, que vas a engordar”.
Poco a poco, a tus siete años aprendes a no comer delante de la gente en las cenas de navidad. Te controlas y cenas cuando todos se han ido.
Eso si no te mandan a dormir antes de irse, ya se sabe que los mayores se quedan hasta las tantas comiendo y bebiendo. Así que te vas a dormir habiendo cenado una loncha de queso y una de jamón que cogiste sintiéndote culpable.
Este sentimiento se queda para siempre, el resto de tu vida lucharás contra el terror de comer delante de alguien y que juzguen y te vean como a una gorda insaciable solo por… pues por comer.

¿Qué más platos horribles he probado en navidad?

No sé. Aquellas cenas en familia ya no existen, pero como podréis entender, no las echo de menos.
Quizá cabe destacar, como anécdota, el año que mi pareja y yo nos quedamos sin ninguna comida porque mi por entonces suegra se lo llevo todo (siempre sospeché que a posta, nunca le caí bien y además le jodió que su nene quisiera pasar la navidad conmigo en vez de con mami) y tuvimos que improvisar algo sobre la marcha, incluyendo sustituir las uvas por palomitas.

O aquella navidad que, como cuando era pequeña, no cené. Mentí a unos diciendo que había quedado con otros y simplemente me tiré en sofá, sola, a ver la televisión.

No, ningún plato de navidad me ha sabido nunca mal, sin embargo, muchos fueron repugnantes y, sin duda, saben mejor sola.

 

 

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