Chatarra

La luz de la linterna no llega especialmente lejos, pero al menos me orienta en la oscuridad. En este momento estoy en lo que parece una sala de estar, llena de relojes. A pesar de ello no se oye ni un solo tic-tac; todos están rotos, abiertos… destripados. Por el suelo hay engranajes de todo tipo, color y tamaño y algún que otro péndulo.

Ñiii. Ñiii.

El crujido de algo oxidado. Sin darle mayor importancia sigo mi camino. Eso y mis pasos sobre las piezas de relojería es todo lo que suena. La lógica me dice que no es más que la bisagra de alguna puerta.

Ñiii. Ñiii.

No distingo bien el origen del sonido, unas veces parece venir de arriba, otras de abajo. El eco hace que se convierta en un sonido envolvente y desorientador.

Ñiiiiiii. Silencio.

Cuando la llamada de la anciana quejándose de sonidos extraños llegó a la central, pensaba que iba a ser un trabajo rutinario; los típicos jóvenes que entran en una casa abandonada a fumar, beber o tener sexo. Así que, como me pillaba de camino, me presté aunque mi turno hubiera acabado unos minutos antes; “¿Qué estáis haciendo”, “Mostradme vuestro DNI” y todos para casa, incluido yo.

Un golpe contundente en mi cabeza y un desmayo después, desperté en una sala oscura. Tan oscura que no veía absolutamente nada.

Ñii. Ñiii.

El sonido se encontraba ahora cerca, muy cerca. En el mismo lugar que yo.

— ¿Quién hay ahí?

Ñiiiiiiii.

Por impulso casi grito que enciendan la luz; imbécil. No estaba atado, seguramente había estado inconsciente menos tiempo del que habían calculado al golpearme. Me levanté y repasé la pared a tientas en busca de un interruptor porque, naturalmente, me habían quitado la linterna. Y también el arma.

Ñiiiiii.

— ¿Qué coño es eso? ¿Hay alguien aquí? ¿Qué se supone que estás haciendo?

Ñiii. Ñiii.

La puerta se abrió intenté dar un puñetazo a quienquiera que entrara, pero la luz de la linterna me cegó y se lo di al aire en vez de al tipo que la sostenía, que me atizó una patada en los huevos.

Al caer vi algo en el otro extremo de la sala, una especie de maniquí, sujeto con cuerdas, supuse con alivio que de ahí surgía el fatídico “ñiii”.

El tipo volvía a acercarse a mí, pero la ráfaga de la linterna seguía dificultándome la visión; como pude le agarré por el pie y cayó al suelo. Aproveché esos segundos de ventaja para ponerme sobre él y recuperar mi linterna y mi arma.

Por primera vez lo veía con claridad, su cara estaba desfigurada y llevaba prótesis muy rudimentarias. En general, parecía una caricatura steampunk del Pingüino de Batman. Le coloqué la pistola entre ceja y ceja.

— ¿De qué coño vas?

No respondió. Apenas se inmutó siquiera.

— Contesta si no quieres que te vuele la puta cabeza ahora mismo —silencio—. ¡Joder! — Saqué las esposas y se las puse, ya daría las explicaciones ante el juez.— ¿Es que no piensas decir ni hacer absolutamente nada? Levántate de una jodida vez.

Esbozó una especie de sonrisa y dirigió una rápida mirada al maniquí.

Le levanté tirando del cuello de su chaqueta y lo empujé hacia la puerta.

— ¿De qué demonios vas disfrazado? —le pregunté en voz alta mientras salíamos, mirándolo de arriba a abajo.

Ñi-ñi-ñi-ñi-ñi-ñi-ñi-ñi-ñi-ñi-ñi-ñi-ñi.

Esta vez, aparte de ser desesperante, además sonaba desesperado.

— Voy a acercarme a esa mierda y espero, por tu bien, que no me ataque o algo así. Voy armado, el único que puede salir mal parado aquí eres tú.

Le dejé esposado a la puerta, preparé el arma y la linterna y me acerqué al “maniquí” con más miedo del que me gustaría admitir.

«¿PERO QUÉ?» me giré hacia el Pingüino:

— ¿Tú has…? ¡Maldito enfermo hijo de puta!

Era una mujer. O parte de ella. Su ojo izquierdo era de cristal y su cuenca de cobre. Su nariz y su mandíbula no tenían piel ni músculo, solo hueso y cartílago. De su cuerpo solo mantenía el tronco, y sus extremidades eran de metal, madera y piel curtida, quise pensar que no la suya. Podía moverse algo, mínimamente, jamás entenderé cómo. Aunque si no fuera por las cuerdas habría caído al suelo desplomada, era evidente que no se podía tener en pie. Y su pecho… Su pecho izquierdo tenía una maldita bisagra, ¿podría abrirse?. No lo comprobé, por ella y por mí.
La sostuve entre mis brazos para cortar las cuerdas y la senté suavemente en el suelo.

— ¿Ha sido él? — Brillante pregunta, eres un genio.

Asintió muy levemente.

— No sé cómo preguntarte esto, ni si quiera debería pero… Si te saco de aquí, quiero decir… O sea… —asintió desesperada, ¿me estaba entendiendo?— ¿quieres que… que acabe con…? —tosí para aclararme la voz rota.

— Señor Agente — habló por primera vez el Pingüino, la chica desvió a mirada, no quería verlo, me puse entre los dos—  ¿está insinuando lo que creo? — me sorprendió su voz aguda— ¿Matar a un inocente? ¿Un hombre de la ley?

Lo peor es que el muy capullo tenía razón, me había dejado llevar por la impesión del momento.

— ¿Sabes? —me senté a su lado y le hablé de forma calmada y en tono bajo para que la conversación quedara entre nosotros—  Me he dejado llevar por el pánico y eso ha sido un error muy grave por mi parte. A día de hoy, no sé, con un par de injertos, unas prótesis de verdad y un tiempo de rehabilitación podrías hacer vida prácticamente normal.

Negó. Se notaba en la poca expresión facial que tenía, que cada movimiento le dolía.

— No puedo hacer o que he propuesto… Lo siento —añadí levantándome. Ella me miró con lágrimas y rabia en su mirada—. Mandaré a una patrulla a recogerte.

Sentí frío en mi mano, era ella, había conseguido alzar su mano hasta la mía, como si intentara agarrarme.

— ¿De verdad es lo que quieres?

Asintió.

Puse a pistola en su frente.

— Seis meses —dije volviendo a bajarla—. Date seis mese. Me encargaré personalmente de darte motivos para seguir, y si aún así mantienes tu decisión, me encargaré personalmente de que parezca un accidente. Enviaré enseguida a alguien a recogerte.

Le di un tiro en la pierna al Pingüino, quién, por cierto, no había dejado de dar golpes haciendo musiquita durante todo el tiempo:

— Te disparé en defensa propia mientras te abalanzabas sobre mí. Vámonos.

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