Historia de un capullo y mil clichés

La vida pasa, todos avanzan mientras yo ni si quiera cambio de asiento, me quedo aquí olvidando quien fui, obviando quien soy y evitando quien seré.

No recuerdo cuándo dejé de tener vida, si alguna vez la tuve, y la cambié por la barra del bar —y alguna que otra cama—, es como si estuviera aquí desde que tengo uso de razón.

Siempre con un vaso medio vacío delante, nunca mejor dicho. Viviendo sin estar nunca demasiado ebrio, pero tampoco demasiado sobrio.

Quizá hoy debería  estar demasiado ebrio, porque este punto medio, el que me hace pensar, no me apetece en absoluto.

Hoy toca todo o nada y al nada hace ya unas cuantas horas que se le pasó el tren. Pero bueno, ¿cuánto hace de la última vez? Me lo puedo permitir, supongo.

Me acabo de un trago el whisky barato ya caliente y pido dos más, seguidos.

— Venga, a la tercera va la vencida— le digo a la camarera haciendo señas para que vuelva a llenarlo.

— Me temo que ha bebido suficiente, señor.

— ¿De repente ahora soy señor? Anda, ponme la última, nunca te he dado problemas.

— Y hoy no va a ser el primer día si puedo evitarlo.

Suspiro, el mundo empieza a bailar a mi al rededor, pero aún mantengo el equilibrio.

— Está bien, pues cóbrate —me doy cuenta de que no me queda dinero en la cartera y le doy la tarjeta—. ¿A qué hora sales hoy? —le pregunto.

— ¿En serio? —Se quedó mirándome unos segundos, pensaba que era una pregunta retórica pero al parecer esperaba respuesta.

— No me apetece pasar la noche sólo —me encogí de hombros.

— Ah, ¿tienes casa? Quién lo diría. No sales de aquí.
— Es por las vistas —a veces creo que me quiere. Incluso a veces creo que la quiero y por eso voy justo a ese bar. Pero también creo que ninguno de los dos va a decirlo; yo porque soy un capullo y ella porque… porque sabe que lo soy, así que qué más da—. Aún no has respondido.

— Que te pires. —Su tono tenía cierto atisbo de repulsión. Comprensible, pero no agradable.
— Eh, ¿dónde ha quedado lo de señor?
— ¿Puede usted pirarse de una vez, señor? —intentó ser borde pero se le notaba la sonrisa oculta en la comisura de los labios.

Finalmente me fui a casa, me serví otra copa y cogí el teléfono.

Unas horas más tarde una voz me llamaba a lo lejos en un sueño, con un eco que se acercaba en vez de alejarse; abrí los ojos.

— Acabo de salir y —la camarera está en la puerta de mi dormitorio— quise asegurarme de que habías… —se acaba de dar cuenta de que no estoy solo— llegado bien… Lo siento. Lo siento, no debí venir sin avisar, yo… Estaba preocupada y… mejor me voy.

— Amanda — La cabeza me daba vueltas, ni si quiera se me había pasado aún la borrachera. no sabía que decir, ni si quiera si tenía que decir algo—. Espera un segundo, ¿vale?

Como pude me puse un pantalón y salí de la habitación, cerrando detrás de mí.

—  Lo siento. Ell…
— No debí venir sin avisar, eso es todo. ¿El qué sientes?
— No sé. Simplemente lo siento. Me gustaría poder decirte que te quedaras.
— Ya… A mí me gustaría marcharme.
— Es tarde…  Supongo que no querrás que te acompañe.

Ambos miramos a la habitación. Arrastrábamos las sílabas en una conversación incómoda que parecía que nunca acabaría. Nuestros ojos no se habían desviado la mirada un solo segundo hasta ese momento.

— No hace falta, está bien.
— Nos vemos mañana entonces, supongo, en el bar.
— De hecho venía para saber cómo estabas y decirte que era mi último día como camarera.

Todo parecía distante. Su voz, pese a estar a poco más de un metro de mí, parecía venir desde el final de un largo túnel. Seguro que había alguna forma de salir del paso, pero mi cabeza no me dejaba pensar con claridad y la situación en sí me habría parecido absurda incluso estando sobrio. Quería besarla, pero no sabía si lo arreglaría o si, por el contrario, lo empeoraría todo.

— Pero te volveré a ver, ¿no?

Miró hacia la puerta del dormitorio de nuevo y se acercó a mí.

— Adiós, Kyle —me dio un beso suave en los labios y se marchó.

No la detuve, ¿para qué? Si sabe que soy un capullo.

Creo que elegí un mal día para beber tanto que me impidiera pensar, sin duda ese día es mañana.

 

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