La muñeca

Mi abuela ama las muñecas, todo tipo de muñecas, en especial las de porcelana. Tiene una habitación de invitados en la que guarda la mayoría de ellas, a sus favoritas incluso les compra ropa. En definitiva, le gustan y las cuida. Os aseguro que no es tan creepy como suena.

Cuando cumplí quince o dieciséis años me regaló una muñeca de porcelana. Era preciosa; pálida y pelirroja. Parecía una niña de verdad de unos dos años. Pero me daba miedo, siempre me han dado miedo las muñecas de porcelana y que pareciera de verdad no ayudaba. De hecho no entendí que me regalara una, porque cuando dormía en su casa siempre tenía que sacar las muñecas de la habitación o cubrirlas con una sábana. Supuse que simplemente no se acordaba de que me aterrorizaban.

Las pesadillas fueron constantes y no aguanté más de una semana con la muñeca en mi cuarto antes de encerrarla en el ropero. Ahí duró más tiempo, pero lo pasaba mal cada vez que tenía que coger una prenda, así que acabé encerrándola en un armarito pequeño que había junto al ropero de mis padres.

Aquel armarito tenía un tope porque su única puerta no encajaba y, sin él, se abría. Ahí pasó años y, como era de esperar, yo evitaba a toda costa entrar al cuarto.

De vez en cuando veía que había dejado la puerta del dormitorio abierta y la encontraba cerrada, y lo mismo pasaba con las luces. Siempre le eché la culpa a mi mente, sugestionada por un miedo injustificado.

Un día, años después, estaba sola en casa y había quedado. Al salir de la ducha me puse a buscar unos vaqueros, es lo que siempre me ponía, pero no encontraba ningunos.

Para posponer el buscar unos en el cuarto de mis padres, primero me puse la parte de arriba, un pantalón de pijama y me arreglé. Para cuando fui a buscarlos, la luz del cuarto estaba encendida.

«Seguro que la encendí antes de ducharme» pensé.

Todo pasó rápido, pero se me hizo eterno. Buscaba como loca los vaqueros para salir pitando de la habitación cuando pese a tener el tope el armarito, se abrió y acto seguido sentí un golpe fuerte en mi cara. Nada me había golpeado, al menos nada físico.

Aún con el pantalón pijama puesto y sin ni si quiera apagar la luz salí corriendo cerrando la puerta detrás de mí, me fui de casa y se lo conté a mis amigos. El golpe me seguía doliendo horas después y, cuando volví, la luz estaba apagada.

«Cómo no» pensé y me acosté en mi cama.

Al día siguiente llamé a mi abuela; le dije que lo sentía, pero  que no quería quedarme a la muñeca y le conté lo justo de  la historia para no pareciera que estaba loca.

Me respondió que nunca me había regalado una muñeca de porcelana.



Basada en hechos reales. De hecho lo he pasado bastante mal buscando la imagen de portada y he acabado cogiendo una aleatoria antes de que me petara el corazón.

 

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© 2017 Mel Köiv. Todos los derechos reservados.

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