Sólo un sueño

Como cada día desde hacía unos meses, se dirigió a aquella calle techada del casco antiguo a hacer un nuevo dibujo. La pared era ya un collage de todo tipo de imágenes; grandes, pequeñas, definidas, abstractas, increíbles, mediocres… todas ellas frías.

Cada vez que añadía un dibujo, sacaba una fotografía.

Pero nunca estaba satisfecho, nunca hallaba la manera de mostrar lo que quería. Esta vez decidió deshacerse de ellos, volver a pintar la pequeña calle de blanco.

Pasaron unos días controlando el impulso de volver allí y dibujar, buscando lo que luchaba por salir de él hasta que salió una noche y, a la luz de una farola, comenzó a dibujar una ventana medio abierta, con macetas apoyadas en las rejas cuyas ramas colgaban. Abajo, en la entrada al túnel, una bicicleta roja apoyada en la pared.

Grietas, sombras, reflejos… La obra era tan perfecta que hasta su interior parecía real y, a la vez, transmitía una sensación tan melancólica que sólo se podía pensar en huir.

Pero el no huyó, contempló la inexistente casa durante horas.

Sin notar pasar el tiempo, sin ser consciente de haberse movido ni estar moviéndose, como si estuviera hipnotizado se encontró frente al espejo, afeitándose. Una gota de sangre llegó a sus labios.

Chocolate, sabía a chocolate.

En ese mismo estado fue hacia la cocina mientras una melodía empezaba a sonar de fondo.

La mesa estaba puesta, se sentó y puso las fotografías sobre su plato; tomo el cuchillo… y cortó su muñeca.

Chocolate, sabía a chocolate.

Mientras succionaba su propia vida y conciencia apareció una joven de espaldas frente a él, asomada a una ventana, la luz de la farola que había en frente solo le permitía vislumbrar su silueta.

La melodía empezó a tener letra.

Momo no tiene a nadie.

Lentamente se levantó y se acercó a ella.

«Me tenía a mí».

Momo no tiene a nadie.

En su boca seguía el sabor a chocolate, su yo real seguía sentado, drenando su vida mientras su cabeza abrazaba por la espalda a aquella chica.

Todo el mundo escribe un nombre.

«Debí decírtelo, Momo».

Incluso ella escribe un nombre pero… ¿Quién escribe el suyo en un papel?

«Yo escribía tu nombre».

Momo no tiene a nadie.

«Y nunca lo supiste».

— ¿Qué es todo esto? —susurró Momo sin volverse.

— No estoy seguro. Nunca supe mostrar cómo soy por dentro —respondió poniendo la muñeca en los labios de ella.

— Dulce.

— Como el chocolate. Pero de qué sirve si ya no existimos.

 

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© 2017 Mel Köiv. Todos los derechos reservados.

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