Sexo monótono

Con un último gemido me desplomé sobre su pecho, le di un último beso y, en cuanto se durmió, volví a casa.

Cualquiera diría que soy afortunado, tengo un trabajo medianamente estable, una casa desordenada y una lista de números de chicas a las que llamar cuando la ordeno.

Pero incluso el sexo se ha convertido en rutina, me aburre.

Me aburre el incesante parloteo de Carla, su castellano no es comparable a su “francés”. Laura me hace tragarme películas de Julia Roberts o Jeniffer Anniston antes de follar, como si después de un año no estuviera claro para qué hemos quedado y hubiera que andarse con rodeos, y Nuria… Bueno, ella todo lo contrario, en cuanto pongo el pie en su casa ya tengo el pantalón en los tobillos.

Pero me aburren, todas me aburren.

Cuerpecitos sensuales con cerebros vacíos que no tienen nada que aportar más que algún orgasmo al gilipollas de turno que se conforme con eso, como yo hasta ahora.

Pero hoy tenía que ser diferente, me había propuesto no aburrirme, y desde luego no lo hice.

Fui a la playa, de noche, y la conocí.

Ella también estaba paseando sola y fue la que se me acercó, de hecho no la había visto, estaba ensimismado contemplando el mar y disfrutando de la brisa.

– ¿Tiene fuego, señor?

«¿SEÑOR?»

– Sólo si retiras lo de “señor”…

– Perdona -dijo riendo- ¿tienes fuego?

– No, no fumo.

– Pero me habías dicho… Gilipollas.

Y se fue en busca de fuego, unos minutos después estaba sentada a mi lado fumando, sin decir nada. Notaba como me miraba fijamente a ratos, a veces me escaneaba de arriba a abajo, pero no dejé de mirar las olas.

– ¿Vas a decir algo o te vas a limitar a mirarme hasta que amanezca?

Sin decir nada exageró a posta su postura, apoyando la barbilla en sus manos para hacer más evidente que me miraba, sonreí y la miré. No se movió.

– ¿Te incomoda?

Su pelo y sus ojos eran tremendamente oscuros. También su piel era morena. Llevaba el pelo rizado despeinado en un moño, despeinado de verdad, no como las chicas de las redes sociales. Vestía solo una camiseta de hombre y aparentaba tener al menos diez años menos que yo… unos 22.

– Menos de lo que debería.

– Me gusta incomodar a la gente, es simple y divertido, la gente se siente incómoda con cualquier cosa que se salga de lo habitual, como mirarla. ¿Por qué incomoda una mirada? Se supone que ni si quiera podemos sentirla, no nos afecta de ninguna forma, pero si nos miran nos sentimos expuestos. Como si estuvieran viendo nuestro interior, cuando realmente sólo ven nuestra cara y nuestra ropa. Llevo diez minutos  mirándote y no sé nada de ti. Podrías ser domador de leones o cantante, quizá un simple camarero, y no podría saberlo mirándote.
No respondí, no sabía qué responder y nunca me ha incomodado el silencio. Me tumbé de espaldas mirando el cielo estrellado y ella, de nuevo, se limitó a mirarme, sentada a mi lado con las piernas cruzadas sobre la arena.

Comenzó a acariciar mi cuerpo suavemente… cerré los ojos en un estado de relajación y placer extremo. Empezaba por mi pelo, bajaba por mi barba hasta mi ombligo y se entretenía en mi barriga, intenté acariciar sus muslos, pero me detuvo.

– Shhh.

Entonces bajó más allá del ombligo. Reaccioné.

– Para.

Me miró con ojos grandes  totalmente confusos. Recé para que no me preguntara por qué, no tenía respuesta para eso.

– ¿Por qué? -sonrió con malicia y movió la mano donde aún la tenía.

No sabía que responder,  definitivamente incomodaba y excitaba a partes iguales.

– Yo… Tú… No… Esto es…

– Puedo esperar toda la noche a que me des un motivo para parar- dijo sin dejar de jugar.

Me desplomé de espaldas, rindiéndome, pero me agarró por el cuello de la camiseta para que no lo hiciera, me la sacó y fue ella quien me empujó entonces hacia atrás. Sin sacar la mano comenzó a besar la comisura de mis labios y a lamer los mismos y deslizó su boca cada vez más abajo, cuando llegó la lamió un par de veces y paró. Me subió la cremallera. Tardé unos segundos en reaccionar.

Esta vez yo la miré confuso.

– Deberíamos ir a mi casa.

Lo interpreté como un “no tengo condones, tío”, así que me pareció lógico.

Por suerte o por desgracia vivía muy cerca y no tuve tiempo de  arrepentirme por el camino. Cuando entramos a su casa intenté besarla, pero me apartó, de nuevo sonriendo con malicia. Quería besarla con todas mis ganas, quería follarla con todas mis ganas y me forzaba a aguantarme, y eso me daba aún más ganas.

– Quítate la ropa.

No dudé.

– Tírala por esa ventana.

– ¿Qué?

Para no variar no dijo nada, se quedó mirando.

Confié en ella y tiré la ropa por la ventana. Me condujo a la cama y me esposó, siempre solía ser yo el que dominaba y el cambio de rol me tenía a cien, iba a reventar.

«Mierda, no voy a durar nada»

De nuevo el mismo juego de recorrer con su boca mi cuerpo. Primero con sus labios, luego con su lengua, luego con pequeños mordiscos intercalados con algunos más duros.

Noté que por fin se dirigía a mi polla y…

Y solté en grito más agónico que jamás haya oído. De repente todo estaba lleno de sangre, de mi sangre.

– ¡Hija de puta!

Intenté zafarme pero no pude por más que me agitara y su cabeza volvió a bajar.

– ¡No, no, no! ¡Por favor! AAAAAAAAAAAAARG MIERDA, JODER.

Un trozo de mi pene estaba en su boca gotea do sangre y lo masticaba como si fuera chicle y sin dejar de sonreir. Se me revolvió el estómago a la vez que me retorcía de dolor.

– ¿Por qué?

Lloré, joder que si lloré, y eso la hizo reír a carcajadas, pero súbitamente se sentó junto a mí en la cama, con las piernas cruzadas sobre las sábanas.

– ¿Te incomoda? – me preguntó exagerando la postura, con su barbilla sobre las manos haciendo evidente que me miraba fijamente.

No dijo nada más, no hizo nada más, se quedó contemplando cómo me desangraba, hasta el amanecer.

 

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© 2017 Mel Köiv. Todos los derechos reservados.

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