Campo de Girasoles

No todos los campos de girasoles están llenos de color y belleza. Éste es marrón, siendo aún época de flor.
Un montón de palos renegridos colocados casi simétricamente con apenas unos pétalos negros colgando lánguidos donde aún debería estar el color del Sol.
Pero pocos pintores quieren retratar tan fielmente la decadencia, esos vividores que van de bohemios sólo saben dibujar la felicidad, y algunos el erotismo. Ignorantes, ojalá alguien le hiciera un retrato al campo girasoles del abuelo.
La decadencia es más de escritores, éstos sí tienden más a revolcarse en la mierda ajena y la propia, les encanta dar pena.
En mi casa, bueno, mi choza, no hay arte ni libros; los únicos cuadros que hay son un retrato del abuelo cruzado de brazos orgulloso delante de sus girasoles, cuando aún ambos estaban vivos y una foto del cabezón cuando era un bebé.
El cabezón es mi hijo; le odio.
En la foto está en mis brazos y tengo los ojos hinchados de llorar, no quería tenerlo y no quería quedármelo. Esa criatura no fue más que la consecuencia de pasarme con el alcohol en un lugar que no me gustaba, lleno de música que no me gustaba donde hice lo único que me gustaba de todo lo que se hacía allí. Echar un polvo, el tercero mi vida.
Nueve meses y ocho puntos de sutura después, el cabezón estaba berreando en mis brazos.
Dicen que es duro que una madre diga eso de su hijo, pero a él no veo que le afecte. Tampoco es que le afecten muchas cosas. Lo único que hace es comer dulces delante del televisor, pedir más dulces cuando se le acaban y patalear si no hay.
Al menos es fácil de llevar, basta con tener dulces y pagar el recibo de la luz, lo segundo es más difícil.
Pero sin duda más fácil que sobrellevar al abuelo.
Ya se que dije que estaba muerto, y prácticamente es como si lo estuviera.
Ahora mismo está en su sillón reclinable mirando también hacia la televisión, pero con la mirada perdida y respondiendo cada vez que Dora hace una pregunta al cabezón.
– ¡Abuelo, que es la tele! –le gritó.
– La tele, ¿la tele? Sí, el vecino tiene alta la tele, Manolo. Dile que quite la tele, que va a despertar a la niña la tele.
No tenemos vecinos, mi hijo se llama Juan y no hay, ha habido, ni espero que haya jamás ninguna niña en casa. Tiene la cabeza perdida, la demencia senil le tiene marchito y a mí me está quemando también.
El cabezón se ríe de él cuando dice o hace cosas sin sentido.
Ayer mismo, el abuelo gritaba llorando y mirando hacia la pared «¡Que no cojas por ahí, Antonia, que te vas a caer!» y el cabezón chillaba y gritaba «¡Socorroo, me caigoo».
A veces me gustaría abandonarlo, me lo planteo y no pocas veces, así cuando se muera el viejo seré “libre”.
No niego que sea mi culpa: no quiero ser madre, el primer año incluso olvidé matricularlo en el colegio; no quiero ser chacha, mejor que no veáis las condiciones de mi cocina si queréis volver a probar bocado; y no quiero cuidar a un viejo senil, lo limpio porque si no tendría los pañales hasta arriba de mierda.
Por eso odio a los escritores, pese a que antes amaba leer. Van de almas en pena, de desgraciados “pobre de mí, tengo el síndrome de la hoja en blanco” y yo aquí, con veintitrés años, con la vida tirada por la borda y aguantando sin lloriqueos de maricas.

He ahorrado algo para tener una única obra de arte, quiero que un pintor me haga un retrato, un retrato que me refleje a la perfección; un campo de girasoles seco.

 

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© 2016 Mel Köiv. Todos los derechos reservados.

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