El último viaje a Marte

Hoy la lluvia empapa los contenedores y los cartones, apesta, nadie querría estar en la calle.
Sólo alguien que huye, sea de lo que sea, incluso de sí mismo.
El agua que cae emborrona las luces de la carretera.
Las de los coches destartalados corren como estrellas fugaces.
Las de las farolas quedan estáticas como constelaciones.
Y una luz bastante más lejos… roja, parpadeante, quizá sea Marte. Me gustaría saber si hay vida allí.
Mientras me acerco, una “estrella fugaz” pasa rápido por mi lado y me empapa entero al pisar un charco, estupendo…
Y llegué a Marte. Y estaba habitado por seres con minifalda y cigarrillos que se acercaban a mi como sí vieran por primera vez a un ser humano, examinándome de arriba a abajo.
Crucé la puerta de metal, el aroma de perfumes baratos y sudor me dio una jaqueca instantánea, como un latigazo. Busqué la solución en las barras, en una barra yo y whisky con hielo, en las demás; chicas contoneándose al son de música que pretende ser erótica.
Con la mirada perdida y la cabeza dando más vueltas que sus cuerpos, las miraba sin ver nada en realidad.
Me sacó de mi ensoñación un susurro en mi oído y una mano entre mis piernas buscando dos bultos, adivinando si al menos uno de los dos era lo suficiente grande para compensar al otro.
– ¿Tiene el mismo tamaño que tu cartera? – me dijo con una mezcla extraña entre la burla y la picardía.
– Lárgate -le ordené-, no vas a vaciar ninguna de las dos.
– Mejor -gruñó-, apestas a muerto.
– ¡Guapa! -le dije socarronamente con un guiño que no vio mientras se iba a la caza de otra presa.
– Gilipollas -concluyó sin volverse.
Y por fin salió ella. Y mostró los bailes que un día fueron para mí, pero sin brillo en los ojos y con una falsa sonrisa en la cara. Una sonrisa de puta. Me parecía más sexy cuando lo hacía con su risa infantil, cuando no acababa el baile porque se sentía ridícula y lo compensaba acercándose despacio y recorriendo mi cuerpo con besos.
– Se te va a caer la baba -dijo la voz del camarero detrás de mí-. Olvídalo, está fuera de tu alcance en general y de tu cartera en particuar.
– Sin duda los clientes no vienen por el buen trato al cliente.
El camarero se rió a carcajadas.
– No es nada personal, la morena de antes ha dado el chivatazo.
– A lo mejor nunca ha visto un billete grande y no sabe que no hacen bulto.
Se rió de nuevo y se alejó.
Realmente en ese momento ella tenía más dinero en el tanga que yo en la cartera, sólo había ido a verla y rezar por que no me viera a mi. O quizá esperaba que me viera.
Iba por mi cuarta copa cuando acabó de bailar y se acercó a una mesa, entonces interceptó mi mirada y, con su nueva falsa sonrisa, pidió permiso con un gesto para retirarse.
Se olvidó de mover el culo mientras se acercaba a mí, pero eso no hizo que recibiera menos miradas, ¿cuándo había aprendido a manejarse tan bien sobre tacones de 15 centímetros?
– ¿Qué coño haces aquí? -susurró gritando, o gritó en un susurro. Pero era claramente un grito en voz baja.
– Beber -le enseñé mi copa y me di cuenta de que estaba vacía, pedí que me la llenaran- ¿quieres una?
– Y no había más sitios, claro.
– No con putas tan buenas como tú.
– Eres un imbécil… -si las miradas matasen yo habría muerto con la que me lanzo al decir eso.
– Escapémonos.
Mi reacción la descolocó.
– ¿Qué?
– Lo que he dicho, huyamos. No tienes por qué estar aquí, podemos, podriamos, eh, yo…-las ideas en mi cabeza iban más rápidas que las palabras en mi boca. No sabía como decir lo que quería sin demostrar lo fracasado que me sentía por haberla perdido, no tenía a nadie más que a mí y prefirió estar sola ¿cómo no iba a senirme un fracasado? Lo era, y el culpable de que estuviera aquí.
– Eso son fantasías, ¿qué va a cambiar? Las necesidades y obligaciones son las mismas aquí y en Pekín. Ni podemos, ni podrías, ni nada.
– ¿De verdad la vida aquí es mejor que conmigo? -le cambió la cara, no supe descifrarla pero era la suya, la de verdad, aunque durara una fracción de segundo, vi a a chica que había dejado atrás hacía menos de un año.
– No es tan trágico como parece, al menos no si es voluntario, desde fuera se dramatiza demasiado. Mira estoy trabajando, me esstán esperando , si qu…
Y la besé.
Y me abofeteó.
Y se acercó un guarda.
Y desperté desorientado tirado en la puerta y con sangre en la nariz.
Aún llovía, pero el cielo empezaba a clarear.
– Escapémonos… -miré al lado buscando la voz que había dicho eso, era ella, estaba agachada junto a mí, empapada, con el rímel corrido, los ojos brillantes y una preciosa sonrisa infantil.
– ¿Qué?
– Huyamos, dónde sea ¿qué es lo peor que puede pasar? ¿Volver?
No sabía qué la había hecho cambiar de opinión, no sabía como reaccionar, no esperaba recibir un sí cuando lo propuse, ella no podía decir sí a nada a un tipo como yo.
Pero me lo dijo, me tendió la mano y me ayudó a levantarme.
La miré a los ojos y me pregunté como dos fracasados podían ser tan felices.



 

 

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© 2016 Mel Köiv. Todos los derechos reservados.

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