Reflexión entre cartones

Desde que me mudé a esta ciudad, hará unos tres años, siempre veo al mismo hombre al salir del bar en el que trabajo. Siempre está sentado en la parada de en frente, no importa si salgo a las nueve o me dan las doce, tampoco importa si cae una lluvia torrencial, siempre está ahí, con su barba descuidada y con su libro cerrado, como cansado de leerlo, probablemente así fuera, porque siempre era el mismo libro.
He de admitir que al principio me daba miedo, me cambiaba de acera y le miraba desde lejos preguntándome por qué estaría allí siempre, pero poco a poco el miedo se convirtió en curiosidad. Una noche que salí a las diez, miré el horario de los buses para ver cual era el último y me senté a su lado.
Quería comprobar si cofia algún bus o estaba allí por cualquier otro motivo. Ahora en frío me parece muy de psicópata mi actitud.
Casi una hora después habló y me sobresaltó.
– ¿A dónde vas? Es la primera vez que te veo esperar el bus, siempre te vas andando -su voz era muy áspera y su aliento olía a whisky, pero no parecía estar borracho.
– A casa de mis padres.
– ¿Vives sola? -debió notar nerviosismo en mi mirada al hacer l pregunta- no me malinterpretes, era una pregunta introductoria, no tienes por que decírmelo. Yo vivo sólo, pero me visitan constantemente, mi casa es un hervidero de gente -dijo riéndose agradablemente, diría que con un brillo en le mirada-, sin embargo tú pareces solitaria. Te veo ir y venir y nunca vas hablas con nadie, ni siquiera por el móvil.
– No soy persona de muchos amigos. Ni de muchas palabras.
– Deberías, yo era igual y mira ahora.
– A decir verdad siempre le veo sól…
– ¿Qué? -interrumpió notablemente ofendido- ¿que bobada acabas de decir? Ahá, mira, ahí vienen, te lo dije, en mi casa no hace más que entrar y salir gente.
Llegó un bus y los pasajeros empezaron a bajarse, el viejo los saludaba uno por uno, a algunos por el nombre, aunque no se si se lo inventaba.
La mayoría le ignoraba aunque algunos le devolvían el saludo, unos con menos entusiasmo que otros, aunque uno incluso le llamó por su nombre.

– ¿Ves?
No sabía que decir. Ni siquiera daba la impresión de estar loco, hablaba de forma seria y segura, convencido de lo que decía.
– ¿Me está diciendo que vive aquí? -susurré mientras se retiraban los últimos pasajeros.
– Sí. Me mudé hace unos años. Antes vivía en un callejón. Pero es solitario y oscuro, aquí hay luz y gente, por eso lo elegí. Al principio me gustaba, ya te lo he dicho, era solitario. Además tenía encanto, estaba lleno de botellas y cartones y eso me hacía pensar en las historias que guardaría aquel callejón. Al poco tiempo me di cuenta de que esas historias serían como la mía ¿a quien le gustaría leer su propia historia?
Así que empecé a buscar un lugar al que mudarme y a lo lejos vi esta parada, vi que la gente llegaba a ella, se sentaba un rato, se iba, charlaban. Seguí viniendo a ratos y vi gente que leía, se besaba, pensé que no había nada que no pudiera hacerse en una parada, y me quedé aquí.
Hay días mejores y días peores, pero todos son mejores que los que pasé, y pasaron otros antes que yo, en el callejón.
Allí sentía que leía mi historia una y otra vez mientras aquí siento que la escribo.
– ¿Y le gusta lo que está escribiendo? -fue lo único que fui capaz de preguntar.
– Mucho, pero si lo alargo demasiado dejará de ser especial.

Al día siguiente, me pasé toda la jornada preguntándome dónde pasaría las mañanas, ¿por qué sólo estaba en “su casa” de noche? Debí preguntarle.
Era una auténtica tontería, sin embargo estaba deseando salir del trabajo, ofrecerle un gran vaso de chocolate caliente y preguntarle.
Pero no estaba, lo único que había allí era su libro en el asiento junto al que se solía sentar.
Lo cogí, era una especie de diario. Lo abrí y me sorprendió ver que estaba todo lleno de tachones. Tachones de los que se hacen con rabia, esos que notas en relieve al pasar los dedos por encima. Página tras página seguía así hasta llegar a una página en la que ponía, a modo de título “La Parada”, pero las páginas de ese capítulo estaban arrancadas.
Me senté a esperar a que volviera, pasadas unas horas entendí que no iba a volver, que había decidido escribir algo nuevo y se había llevado el único recuerdo… quiero decir; historia, que le gustaría releer.

«Y parecía loco», pensé.

 

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© 2016 Mel Köiv. Todos los derechos reservados.

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