La maldición

Es una noche fría y lluviosa; un reflejo de mi alma.

No sé cuántas botellas de vino he terminado.

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El sonido de la lluvia ensordece todos los demás.

Las calles están llenas de charcos que reflejan los brillos y las luces de neón de los clubs. Luces que hacen las sombras más negras y resaltan los colores grises mortecinos de la calle.

De alguna manera he llegado a ese momento de la ebriedad en que de repente aparece en mi cabeza la última persona que querría recordar. O quizá el momento me ha encontrado.
Su recuerdo ha vuelto de algún lugar oscuro de mi mente que creía enterrado, para atraparme en su hechizo.

Quizá sea la noche y su vinculación con el pecado lo que ha despertado estos viejos recuerdos. Quizá sea el alcohol. Quizá sea el chico que ahora esta durmiendo entre mis sábanas, allá en mi cuarto. Por haberle hecho lo que sueño con hacerte cada día.

Pienso en todas las cosas que te hubiera dicho pero no te dije. Pienso en todo lo que deseo hacer contigo y nunca podré hacer. Entonces quiero estar más borracha.

Ha habido muchos hombres en mi vida. Muchas noches de jadeos y sábanas sudadas, pero ninguno de ellos con nombre propio.

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Noches oscuras como esta, con neones rojos, azules y violetas como únicos colores. Neones iluminando la noche con luces artificiales. Neones haciendo las sombras más oscuras y el placer más placentero.

Me sirvo una copa sobre el resto aun frío de la anterior. Doy un largo trago y el alcohol abrasa mi garganta y calienta mi pecho.

Traté de evitarlo, pero siempre hay alguien que destaca por encima de todos. Realmente no sé qué tienes de especial al compararte con otros. Puede que sea tu mirada, tu olor, tu voz o tus gestos. Pero hay una especie de magia que lo desvela nada mas verte, algo en tu ser que me cautivó desde el primer momento. Y desde ese mismo instante supe que no había marcha atrás, estaba hechizada, había caído en una maldición eterna.

En ese momento supe que no sería otra noche de pasión ni otras sábanas sudadas más. También supe que no volvería a verte. Supe que no eras del tipo de hombre que se queda.

Y esta noche tu recuerdo ha vuelto. Tu voz, tus jadeos, tus hombros, el sabor del sudor en tu piel, tus labios entreabiertos… Tus palabras, artificiales como el neón, se repiten en mis oídos.
Imágenes y sonidos que fustigan mi mente.

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Los destellos intermitentes rojizos es lo único que puedo ver entre la niebla de la embriaguez.

Mi mente sólo me deja ver tus labios entreabiertos y sensuales, entornados sensualmente prometiendo cualquier cosa, jadeando, pidiendo cuanto podía ofrecerte.

Y te lo ofrecí, te di cuanto pedías.

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Unas horas entre mis piernas y ya no fui la misma nunca más. Unas horas entre el calor de tu cuerpo y me condenó a la maldición del deseo.

La maldición de un deseo que no puede ser satisfecho. La maldición de desear y no tener. La maldición de un vacío que el sexo ocasional no puede llenar y un frío que el alcohol no puede calentar.

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Me amorro a la botella como si fuera tu boca hasta acabarla.

Abro otra botella de vino y doy un trago por cada gemido que quisiera arrancarte. Pero no ahoga el deseo. Nada puede ahogarlo.

Estoy maldita. Maldita a tenerte en mi mente pero no en mi cama. A no olvidarte pero no verte. A sentirte solo cuando cierro los ojos y confundo mis manos con las tuyas.

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A desearte para siempre.

Inspirada (prácticamente plagiada salvo algunos cambios, pero con su consentimiento) de Mundo Bizarresco: Rojo Labios

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2 comentarios sobre “La maldición

  1. Mel, espero conseguir escribir aquí un comentario sobre tu post cuando consiga volver en mi.
    Me has teletransportado a miles de kilómetros sobre mi cuerpo. ¿Has escrito leyendo mis sentimientos o utilizando telepatía?
    No has plagiado. Has contado nuestras vidas. La de muchos de nosotros.
    Graciasssss!

    Le gusta a 1 persona

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