Arte singular

Hace ya dos semanas que estamos en esta casa, cada día nos ha dado agua y mendrugos de pan, hoy nos ha abierto las jaulas para mostrarnos “su colección”.
Tengo diecisiete años y una capacidad extrema para mostrarme fría y centrada en momentos extremos, aunque por dentro esté al límite, pero mi hermano no. Él tiene nueve y no debería estar aquí viendo o mucho menos viviendo esto.

Al salir de las jaulas nos ató un collar a cada uno y nos llevó a gatas a su “museo”. Cuando llegamos, mi hermano rompió a llorar y lo abracé, recibiendo a cambio una patada del enfermo, que me tiró al suelo.

– Mañana es el gran día, os concederé el honor de poder pertenecer a mi colección -sus manos apretaron mi mandíbula- mira a tu alrededor, pequeña ¿cual de mis obras es tu favorita?

Miré a Pedro, su llanto no cesaba y yo no podía hacer nada por calmarle, el hombre me apretó más fuerte la mandíbula y me forzó a mirar a mi alrededor.

– Te he hecho una pregunta, respónde.

Traté sin éxito no vomitar, frente a mi se hallaba un enorme lienzo lleno de ojos de diferentes tamaños y colores, no todos humanos, formando la imagen de una virgen. A su lado, cuatro piernas de color formaban una esvástica nazi.
Unos metros a la derecha, a una altura considerable, una chica estaba crucificada bocabajo. Me miraba, su boca se movía intentando pedir auxilio. Y yo le pedía perdón con la mirada por no poder ayudarla. Volví a vomitar.

– ¡Espera, espera! -Dijo realmente entusiasmado-. Antes de que decidas, he de enseñarte mi mejor obra hasta el momento, pero no esta acabada, tu serás la pieza final -tras una cortina aparecieron partes de cuerpos de diferentes colores y sexo cosidos de forma basta con grueso hilo rojo y atados a una cruz colgante. Una marioneta humana-. Tus pechos quedarían genial aquí- dijo acariciando hipnotizado el torso masculino de su marioneta- ¿Quieres jugar con ella? ¿Quieres moverla? Funciona, de verdad. No. No, olvídalo, seguro que la estropearías. Y bien, ¿Cual es tu favorita?

Volví a mirar a la muchacha crucificada, su pelo caía en cascada como si quisiera huir por su cuenta.
– Ella, ¿eh? Es de mis favoritas. Cada doce horas la pongo derecha para que no se le vaya la sangre a la cabeza y muera por un derrame. Y evidentemente la alimento a diario. Es mi única obra con vida, es lo que la hace especial.
– Sí, so-son todas geniales, señor… – tartamudeé- será un honor formar parte de esto.

Pedro rompió a llorar más fuerte
– ¿Por qué dices eso, tonta? Estas loca, yo no quiero, yo quiero irme, ¡vámonos ya! Y se lo voy a contar todo a mamá, y llamara a la policía y el gordo feo irá a la cárcel por loco.
– ¿Cómo me has llamado, mocoso?
– ¡No, señor! No le haga caso, no sabe lo que dice, no es más que un niño y no sabe apreciar su esfuerzo y su trabajo. ¡Ni una palabra más, Pedro!
– Al menos tú aprecias mi trabajo, buena chica -aprobó acariciándome el pelo- vámonos, tenéis que descansar para mañana.

Volvió a meternos en las jaulas y frente a nosotros preparó una mesa grande. La cubrió con un paño y a su lado, en una mesa mas pequeña, colocó más de una docena de cuchillos y otros trastos afilados. Mi hermano se había dormido por el cansancio, y de mis ojos comenzaron a brotar las lagrimas al ser cada vez más consciente de que no había forma de evitar el terrible final. Solo me quedaba rezar para que usara anestesia, o tranquilizante de caballos, lo que fuera, y ni siquiera soy creyente.




– ¡Quédate quieto! – le susurré agarrándole mientras le tapaba la boca.
– ¡Pero quiero salir, está demasiado oscuro! No sabría donde estás si no me estuvieras agarrando.
– ¡Shh! ¿Quieres callarte? Nos va a encontrar.

Efectivamente había más oscuridad de la que se podía permitir la tan pobre vista humana. Estábamos encerrados en el ropero, rodeados, o más bien enterrados, en ropa. Ropa demasiado caliente y húmeda para ser ropa… pero no era momento de pensar en qué sería aquello.

Intento trazar un plan, alguna forma de acabar con él antes que él con nosotros, pero sus pasos ya suenan afuera.

– ¿Donde estaaáis? -canturrea- Vamos, pequeña, entiendo que el mocoso huya, pero tú me has dicho que querías formar parte de mi museo, ¿acaso mentías?

Pisada suya. Latido mío. Pisada suya. Latido mío. Pisada suya. Latido mío. Mi corazón late tan fuerte que siento que puedo oírlo. Él cada vez más cerca del ropero. Abre la puerta y sonríe orgulloso de oreja a oreja.

– Tú puedes quedarte aquí -dice mirando a mi hermano y me agarra del pelo, arrastrándome- No voy a dejar que alguien que no aprecia mi arte forme parte de mi museo, allí solo acaban los que valoran mi talento.

The-Evil-Within3

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