Destino inmerecido

Sinceramente, no sabría decir dónde estoy.

Estaba comiendo con unos compañeros cuando de la nada aparecieron unos extraños en nuestro hogar, nos ataron y nos hicieron avanzar hacia una especie de… ¿calabozos? a base de golpes, no muy fuertes, pero lo suficiente molestos, cabría decir humillantes.

Ahora está todo oscuro y no se cuántos habemos aquí, sin duda demasiados, pues la movilidad es casi nula.

Estos calabozos están en continuo movimiento y todos nos chocamos, sobretodo cada vez que salta. Imagino que nos están trasladando, pero no sé donde, tampoco es que les importe nuestra opinión.

De entre mis compañeros emanan quejidos lastímeros y de confusión que suenan como una orquesta mal armonizada.

La falta de oxígeno, los continuos saltos inesperados, los choques con mis compañeros, el calor <<¡Dios mio, cuánto calor! Esto parece un horno>>

Empiezo a alterarme.

Sudo, hiperventilo, no paro de moverme en busca de algo que ni yo mismo se. Pero eso solo me hace tener más ansiedad.

Me choco con alguien, retrocedo del susto, piso a otro, se asusta, grita, me asusto…

<<¡No veo nada!>>

Si al menos dejaran entrar algo de luz, para vernos y no herirnos.

Creo que estoy al borde de un ataque de ansiedad.

Por suerte el calabozo se detiene.

Alguien abre el portón dejando entrar unos cegadores rayos de sol.

La verdad es que ninguno queremos estar dentro, pero tampoco queremos salir, no sabemos lo que nos espera allá afuera. El hombre que ha abierto el portón se acerca a nosotros y nos hace salir de la misma forma que nos hizo entrar, aunque solo a dos de nosotros. Agachamos nuestras cabezas y obedecemos, sumisos, al menos nos evitaría que nos pegara más fuerte.

Vuelven a atarnos y nos llevan a través de un camino ya marcado.

Al final del camino hay una puerta, la cruzamos y la cierran detrás de nosotros.

Miro a mi compañero a los ojos, que se limita a devolverme la mirada.

Poco después se dejó llevar por el sueño, bien merecido tras el incómodo viaje y esta desconocida situación.

Me pregunto que pasará con el resto de compañeros.

El sol se puso y yo también me dejé llevar por el sueño.

——–

Ya es de día, el sol ha salido y me han despertado con otro de esos molestos golpes.

Resoplo irritado, como me gustaría poder patearles entre las piernas, pero claro, ellos son listos, primero me han atado mientras dormía.

De nuevo me conducen, aunque ahora tirando de la cuerda, hacia otro de esos calabozos, esta vez mas pequeño, solo para mí, así que cuando entro cierran la puerta a mis espaldas.

No mucho tiempo después, se para y abren la puerta.

Lentamente salgo…

Miro a mi alrededor…

Estoy rodeado de gente, pero ¿por qué?

Doy unos pasos hacia atrás, prefiero volver allí y estar solo, no me fío nada de estos, que además no paran de cuchichear y mirarme como esperando a que haga algo.

Pero mi escondite ya no está ahí, han cerrado la puerta.

De repente alguien grita algo ininteligible y todos parecen seguirle a coro.

Igualmente, uno se acerca y empiezan a acercarse más, retrocedo asustado y recibo otro maldito golpe, me sobresalta, doy unos pasos rápidos hacia delante y de nuevo vuelven a chillar todos, acercándose y alejándose de mi como si se burlaran.

Se me ocurre que quizá estén asustados, intento explicarles que no quiero hacerles daño, pero nuestro idioma es diferente, no entienden nada y responden con mas gritos ininteligibles, recibo más golpes aun, empiezo a hartarme demasiado de esta situación y caigo en que solo me queda una salida.

Huir.

Me dispongo a correr, pero estos cabrones se ponen delante de mi camino, ya nada me importa, demasiada paciencia he tenido, corro con todas mis ganas, unos se acercan a mi, otros huyen, todos gritan sin parar, como monos, es impresionante el guirigay que arman.

Mientras huía me he chocado con alguno, tampoco es que fuera mi culpa, ¿qué hago si se me tiran encima?

A mas de uno lo traté de esquivar, pero la recompensa que me llevaba era un tropezón o resbalón y una torcedura de tobillo.

Cojeando ya como iba, no fueron pocas las veces que me choqué, ya fuera con personas o edificios, pero conseguí llegar hasta el final y encontrarme con… de nuevo aquel maldito cajón.

Pero al menos allí estaría a salvo, descansaría y estaría solo, en gran parte fue un alivio encontrármelo.

Me hicieron subir y me volvieron a trasladar al lugar donde esperaba mi compañero.

Una vez que llegué allí, me habría gustado comentarle todo lo que me acababa de pasar, pero no podía.

Que impotencia…

Horas después fue a él a quien se llevaron.

Y al rato, cuando volvió, supe por su exhausta mirada que había pasado por lo mismo que yo.

Oí decir a un hombre mientras cerraba una de las puertas:

– ¿Y luego, q’acen con lo’ toro’ esto’?

– No me joda’ que no lo sabe’ “quillo”; tré’ capotazo’ y pasao mañana están en un guiso pa celebra la’ fiesta’

NO A LA SUELTA DEL TORO EN UBRIQUE.

 

Este es un relato que escribí en contra de una “fiesta” que querían (y consiguieron) realizar en mi pueblo.

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