Rojo como el atardecer

El teléfono comenzó a sonar de madrugada, lo busqué a tientas y descolgué irritada, mirando la pantalla con un ojo entreabierto.

– ¿Si?

– Necesito verte, te echo tanto de menos, cada día miro el atardecer y me recuerda a tus cabellos rojos, tan vivos, tan ardientes, necesito volver a sentirte, necesito oler el fuego de tu cabello y quemarme con el roce tu piel.

– ¿Rubén? ¿Estás borracho?

– Vuelve conmigo, Elena -me rogó- ¿De veras estás mejor sola que conmigo?

Aun adormilada, mi mirada se perdía por la habitación oscura y mi cerebro me decía que estaba soñando. Por lo que mis ojos se permitieron el lujo de volver a cerrarse.

– ¿Elena?

– ¿Eh? ¡Oh, si! El atardecer… y eso -bostecé.

– ¿Te estás riendo de mí?

– No. Mañana hablamos, Rubén, cuando tengas más glóbulos que alcohol en las venas. Buenas noches.

Cuando me desperté por la mañana y miré el móvil tenía un arsenal de mensajes suyos, todos de la misma índole.

“Te echo de menos”, “Todo me recuerda a tí”.

El diccionario masculino de sinónimos de “quiero echarte un polvo” al completo. Aunque he de admitir que algunos eran bastante originales, puede que algo inquietantes.

Con vista borrosa y un sueño del demonio escribí lo mejor que pude:

“Quizá np lo recwrdes, pero fuiste tú el q me dejó al descubrir mi decreto.

Secreto*” √√

El móvil volvió a sonar y me sobresaltó.

– Casi me da un infarto -le reprendí-, ¿qué quieres?

– Darte los buenos días al oído.

– Entiendo -respondí sarcásticamente.

– Anoche no estaba borracho, Elena -de repente su voz sonaba mucho más seria, quizá demasiado-. Te echo de menos y quiero volver.

– Eso no va a pasar, olvídalo ya. No se  por qué te cojo el teléfono. Me estás alterando.

Sin darme cuenta me había levantado y estaba dando vueltas en círculo mientras le hablaba.

– Ya sé que me pasé, pe…

– ¿Pasarte? ¡Me tiraste un billete a la cara y te fuiste!

– Dame una noche, por favor, solo una noche y te dejaré en paz.

– Que no, joder.

– No quería llegar a esto, pero… admíteme como cliente.

Rompí a carcajadas y no hice ningún intento por esconder mi risa.

– Dudo mucho que te lo puedas permitir, cielo.

– Limítate a decirme la cifra.

Le di una cifra descabellada para que deshacerme de él, pero para mi sorpresa, su respuesta fue:

“Nos vemos esta noche en el barrio antiguo, a la 01:00. Se puntual”.

Y colgó sin más, sin darme tiempo a decidir o a decir nada.

“Oye, no me cuelgues así, esto hay que hablarlo” √

No lo recibía. Y, por supuesto, tampoco las llamadas.

Me pasé el día diciéndome a mí misma que no iría, e incluso que si seguía de aquella manera le denunciaría por acoso.

Tras muchas divagaciones y un día bastante rutinario, a las 00:00 me dejé caer en la cama.

Pero por algún extraño motivo, llamémoslo idiotez, a las 00:30 me estaba levantando para arreglarme rápidamente y acudir corriendo a nuestro encuentro.

Cuando llegué, él ya estaba allí, sentado en un escalón, fumando un cigarrillo mientras se miraba los pies.

Mis tacones le alertaron de mi llegada y miró hacia arriba.

– Tu… tu pelo -balbuceó.- Ahora es negro. ¿Por qué has hecho eso?

– ¿Qué más da? Los tintes se caen. Tenemos una conversación pendiente más importante.

Cuando dije eso, me tendió la mano, entregándome un sobre. Su mano estaba temblorosa y húmeda, así como su mirada.

– Sobre eso… -dije agarrando su mano y alejándola de mí- No acepté tu propuesta, solo pretendía darte largas, y eso he venido a decirte.

– Abre el sobre -de nuevo puso la voz tremendamente sería.- Cuéntalo, mírame a los ojos y dime que puedes permitirte rechazar esa cantidad.

Abrí el sobre y con solo ver el color de los billetes mi ritmo cardiaco aceleró y mis manos temblaban vacilando, separando esos papeles con la torpeza psicomotriz de un infante de guardería.

– No tengo por que decirte nada, no quiero aceptar esto de ti.

– No seas tonta -dijo quitándome el sobre de las manos y metiéndolo en mi bolso- Te prometí qué si me dabas solo esta noche -apartaba mi cabello de mi cuello mientras hablaba lentamente- te dejaría tranquila -acabó la frase con un beso en mi clavícula.

No se que sucedió, no se como me convenció, pero ha pasado poco más de media hora de aquello y ahora me encuentro en su cama, atada y desnuda y con varios cientos de euros en mi bolso.

Él se encuentra encima de mi, recorriendo mi cuerpo con sus manos y su boca, pero parece no reaccionar al tacto.

– ¡Es tu pelo, maldita sea!- Se levanta, indignado y busca su paquete de tabaco.- Negro. Negro como la noche, como el carbón, ¡cómo un cuervo carroñero! ¿Por qué negro? -saca un cigarrillo y se lo pone en los labios mientras se sienta en la cama, a mi altura. – Antes eras más guapa.

Empiezo a inquietarme, durante tres años de relación, nunca se había comportado de forma tan extraña.

Enciende el cigarrillo y sus ojos se iluminan y se abren de par en par contemplando la llama.

– ¿Te apetece una copa?- me pregunta mientras se levanta a cogerla.

– No puedo beber así -hago un gesto con mis manos atadas.

– Abre la boca, preciosa -me ordena acercándose con una botella de Brandy en la mano.

Obedezco y la vierte sobre mi boca.

Luego la levanta un poco y comienza a derramarlo por encima de mi cabeza y a los lados, donde mi pelo cubría la almohada.

Le mire extrañada e inquieta.

– ¿Qué estás haciendo? ¿Eres idiota?

Me besa con furia, con el cigarrillo aun en la mano, y capto un fuerte olor a quemado.

– ¡Me has quemado el pelo!

– No lo suficiente. Dice acercándome el mechero encendido.

Una llama nace en mi pelo y mi cara se descompone del terror.

– ¡Apaga eso, rápido! -grito intentando huir inútilmente de la llama.

– ¿Alguna vez te he dicho cuanto te favorece el color del fuego? Si. Ahora vuelves a ser la misma, con tu pelo rojo ondeando como un mar de lava. De gas en este caso, pero te sienta igual de bien.

El calor empieza a irritarme los hombros y mi cara suda como nunca.

– ¡Haz algo, por favor! -le suplico entre lágrimas mientras me revuelco intentando apagarlo en vano.

– Sí, debería hacer algo. Para eso pagué. – dice situando su mano entre mis muslos.

– ¡Apagalo, quema! – Chillo con todas mis fuerzas, agitando la cabeza sobre la almohada mientras pataleo e intento quitarme su manos de encima.

– ¡Dame un minuto, joder! -grita agitando su brazo, algo más abajo de su ombligo.

Empiezo a toser, poco consciente ya de sus murmullos de fondo sobre mi pelo, el fuego, el color rojo…

Han pasado muchos segundos o pocos minutos, no estoy segura de estar consciente, pero siento un golpe duro y frío en mi cara acompañado de un sonido como de piedras, el calor va desapareciendo.

Había vaciado la cubitera del Brandy en mi cabeza.

Ya, ajena al calor, me dejé llevar por la inconsciencia.

A la mañana siguiente desperté en mi cama.

Me llevé la mano a la cabeza, incrédula. Casi no me quedaba cabello, rompí a llorar y con vista borrosa mire hacia la mesilla.

En ella había peluca pelirroja de pelo ondulado, un bote de crema para las quemaduras, el sobre del dinero y una nota:

“Evité que te hicieras daños mayores.

Ahora los dos tenemos secretos.

Tú no hablarás de lo de anoche y yo no hablaré de tu vida nocturna.

Lo prometido es deuda:

Me hiciste ver el cielo estando en el mismísimo infierno, así que…

Hasta nunca.

P.D: Usa el regalo”

 

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