Diario de nadie

Tuve que borrarlo porque el que presentara al concurso no podía estar en internet.

Aquí está de nuevo.

Sábado, 8 a.m, suena el maldito despertador de mi habitación, pero lo oigo a pesar de haberme quedado dormido en el sofá la noche anterior.

Intento ignorar el fatídico sonido pero se adentra en mi cabeza hasta tal punto que siento que me va a estallar, aunque probablemente la botella de Vodka de anoche influya un poco.

Finalmente me levanto desperezándome y me dirijo al dormitorio en estado zombie para apagarlo.

– ¿Por qué demonios me despiertas? – digo mirando al despertador con mala cara y lo apago tirándolo al suelo de un manotazo.

Me asomo a la ventana… El sol brilla intensamente, parece que hará un buen día hoy… así que bajo la persiana y me dejo caer sobre mi cama deshecha.

Busco el despertador con la mirada. <<Donde demonios…?>> Cojo el móvil y miro la hora, las cuatro de la tarde, una de las pocas ventajas del paro, la única quizá. Tras un rato mirando “teletecho” me incorporo, cojo una toalla y me voy a la ducha. Nada mejor para despejarse que el agua casi fría cubriendo cada poro de mi piel…

– ¡Ah! ¡Joder, quema! – regulo la temperatura.

Salgo de la ducha, me ato la toalla a la cintura y me afeito, luego me visto con lo primero que veo, que siempre suele ser lo mismo: Unos vaqueros y una camiseta negra.

Voy a la cocina y abro la nevera para picar algo, pero no hay nada más que un pedazo moho con algo de limón en la huevera.

Aparto la bolsa de patatas vacía -mi cena de anoche- de la mesa para coger mis llaves y salgo para comprar algo. Miro mi salón desde la puerta <<si mi madre viera esto moriría en el acto>>

– Mañana lo recogeré -ayer dije lo mismo.

Bajo a pie las seis escaleras -dos por cada piso- y miro el correo… facturas… ¿con qué esperan que las pague? Las vuelvo a meter en el buzón y salgo a la calle a dar una vuelta sin rumbo, como cada día.

Por el camino encuentro niños jugando, parejas, madres con sus hijos… familias y gente con, al menos, su mascota o hablando por el móvil. Pero nadie solo, este mundo no está hecho para mí ¿qué pinto yo aquí?

A veces el murmullo del gentío se me hace insoportable… en realidad siempre, además de los gritos, cuchicheos, vehículos, sus bocinas, “canciones” de jóvenes que no han descubierto aun las ventajas de los auriculares…

Me pongo los míos.

*Reproducción aleatoria”, “Play*.

Ahora solo oigo música y mi propio pensamiento.

Llego a un parque y me siento en el respaldo de un banco, costumbre que cogí siendo adolescente y que aun sigue conmigo, me gusta.

Hay una persona en el banco de al lado, la única persona que he visto sola y solitaria a parte de mí. Un anciano.  ¿Es ese el futuro que me espera?

Mi vida no es un jardín de rosas, está claro, no tengo nada que me ate a este mundo por ahora, ni gran esperanza en hallarlo. Pero tampoco me va tan mal como para dejarlo… vivo como en… ¿como en stand by? A la espera de algo, sin saber exactamente de qué.

Dos chicas me señalan a lo lejos, las miro con desagrado, se miran, dejan de señalar y murmuran algo entre risitas.

Pasa una joven a mi lado; pelo negro como el ónice con un peinado corto, ojos verdes, claros, labios gruesos, una tez pálida que hace un contraste increíble con su cabello, no muy alta y unas curvas de escándalo, impresionante.

Me mira diciéndome algo, así que me quito un auricular:

– ¿Perdón?

– Que si puedo sentarme – me repite con una sonrisa, su voz también es increíble.

– Por supuesto… -me pongo el auricular- yo ya me iba.

Paso junto a las adolescentes de antes.

– Señoritas… – las saludo en tono sarcástico con una evidente sonrisa forzada.

Llegando a “casa” me acerco a la tienda de la esquina y compro una pizza y una lata de cerveza, bueno… dos… Está bien, un pack de seis.

Subo las escaleras y saludo a mi desastroso hogar tirando las llaves en la mesa. Meto la pizza en el horno y mientras se hace recojo el desastre… parte de él -la suficiente para sentarme a comer y luego tenderme a ver una película en el sofá-.

Saco la pizza del horno y cojo una botella de vodka de la repisa y algo de hielo, sé que voy a acabar cogiéndola, así me ahorro el levantarme después.

Acabo con la pizza y las cervezas y le ataco a la botella.

Doy el primer trago, en mi mano la copa se siente helada como un témpano, pero en mi garganta… una quemazón extasiante.

Vaso a vaso va pasando la noche, dejándome al borde de la inconsciencia, solo consciente de que cada día seguiré así, solo y malgastando mi tiempo, y de que mañana será un día exactamente igual que este.

– No del todo – voy como puedo hasta el despertador y lo desactivo.

Vuelvo al sofá y me sirvo otra copa, el cielo cada vez está más oscuro, luego empieza a estar cada vez más claro… no sé cuantas horas han pasado, pero es mejor contar las horas que las copas…

Caigo rendido.

Domingo. Cuatro de la tarde…

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