Sabado 29 de Octubre de 2010

Hacía fresco y fui a cerrar la puerta, pero en lugar de eso, al acercarme me quedé mirando la ventana de la casa deshabitada que hay frente a la mía.
Su dueño murió en febrero.
Murió solo, es más, nadie supo de su muerte hasta que, dos meses después, la calle amaneció llena de gusanos que salían de su casa, de su cuerpo, como gritando “Pedro está ahí dentro, daos cuenta de una vez”
¡Oh! Qué buena era la gente de repente. Entonces todos le habían echado de menos, todos lo habían notado pero habían supuesto que estaba de viaje, que se había mudado… o que se había ido a comprar tabaco en una expedición a Alaska… Todos.
El revuelo en la calle fue increíble.
Hipocresía y teatro en estado puro, ni Shakespeare.
– ¡Oh, pobrecillo! Yo era amiga suya, agente, ¿puedo entrar a por unas cosas que le presté?
– Por supuesto, señora.
Y la señora se quedó con la maquina de coser de su difunto vecino.
Y así varias caraduras más.
Yo al menos lo reconozco, no noté su ausencia, cierto es que cada mañana me lo encontraba en la puerta del bar cuando iba a recoger a mi hermana al colegio, pero no fui consciente de que llevaba tiempo sin verle hasta que oí la noticia. Incluso unos días antes de esa manifestación de gusanillos blancos, estuve sentada en los escalones de su entrada hablando tranquilamente con un amigo.
Pues bien, desde mi puerta aun se ven sus pertenencias tras su ventana, materiales de trabajo, sillas, muebles, más materiales de trabajo… se ve una foto colgada que, con la suciedad del cristal de la ventana no sé distinguir si es de comunión, de una boda o una virgen, a su lado hay un espejito pequeño y otra fotografía, ésta de un paisaje, puede que de Ubrique.
Tiradas en el suelo de sus balcones hay persianas que se descolgaron hace años y no se preocupó en volver a colgar y, en su fachada, aun están las firmas que dejamos mis amigos y yo hará al menos cuatro años y que tampoco se molestó en borrar, también hay una más reciente de una tal “RUBIÍA GATA” a la que no tengo el “placer” de conocer.
La correspondencia se amontona en su puerta, al igual que el polvo y las cascaras de pipas…
Lo increíble de la historia es que estuviera tan solo a pesar de tener familia y que esa familia tampoco notara su ausencia ni se haya preocupado aun por sus pertenencias o su correo.
Es increíble lo solo que se puede llegar a estar en esta vida.

anciano_junto_mar

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